Para ganar la libertad, demos la libertad




La meta esencial de toda la humanidad es la perfección, y para lograr ese estado, el hombre debe aprender a pasar a través de todas las experiencias sin que ellas lo afecten. Debe enfrentar todas las interferencias y todas las tentaciones sin dejarse apartar de su camino; sólo entonces estará libre de todas las dificultades de la vida, de las penalidades y de los sufrimientos, porque habrá atesorado en su alma el amor perfecto, la sabiduría, el coraje, la tolerancia y la comprensión.

Este es el resultado de conocerlo y verlo todo, porque el maestro perfecto sólo puede ser aquél que ha pasado por todas las ramas de su oficio.

Podemos hacer de nuestro viaje terrenal una corta aventura placentera, si comprendemos que la liberación de la esclavitud solamente se gana dando la libertad a los otros; somos liberados si liberamos a los demás, porque solo se puede predicar con el ejemplo. Cuando hayamos dado la libertad a todo ser humano con quien tengamos contacto; cuando hayamos liberado a toda criatura, y a todo lo que se encuentre a nuestro alrededor, entonces seremos libres. Cuando veamos que no intentamos dominar, controlar o influir en la vida de los otros, ni siquiera en los detalles más ínfimos, descubriremos que la interferencia habrá terminado definitivamente en nuestras vidas, porque son aquéllos a quienes atamos quienes nos atan.

También podemos liberarnos fácilmente de la dominación de otros: primero, dándoles completa libertad, y segundo, rehusando muy delicada y cariñosamente a ser dominados por ellos. En una ocasión, Lord Nelson actuó sabiamente al ubicar su ojo ciego en el catalejo.

(En la batalla de trafalgar, Nelson venció a las flotas reunidas de España y Francia porque continuo la batalla luego de que, habiendo puesto intencionalmente su ojo ciego en el catalejo, no vio la orden de retirada! Lord Nelson actuó sabiamente al ubicar su ojo ciego en el catalejo)

No son necesarios ni la violencia, ni el resentimiento, ni el odio, ni la brusquedad. Nuestros oponentes son nuestros amigos; ellos hacen que el juego valga la pena, y todos nos estrecharemos las manos al final del partido.

No debemos pretender que los otros hagan lo que nosotros queremos; sus ideas son correctas para ellos, y aunque sus caminos puedan conducirlos en direcciones diferentes de las nuestras, la meta, al final del viaje, es la misma para todos. Así descubrimos que cuando más queremos que los demás “estén más próximos a nuestros deseos” es cuando más reñimos con ellos.

Somos como barcos de carga fletados hacia distintos países del mundo; algunos hacia el África, otros a Canadá o Australia, y finalmente retornamos al mismo puerto de origen. ¿Por qué seguir a otro a Canadá, cuando nuestro destino es Australia? ¡Eso significaría demasiado retraso! Es preciso destacar que en algunas ocasiones quizás no comprendamos exactamente cuáles son las pequeñas cosas que puedan atarnos: esas mismas cosas que queremos poseer son las que nos están reteniendo; quizás una casa, un jardín, una pieza de mobiliario... pero incluso ellas tienen derecho a su libertad. Después de todo, las posesiones terrenales son transitorias, y nos provocan ansiedad y preocupación porque íntimamente sabemos que su pérdida será inevitable y definitiva.

Sin embargo, están allí para ser disfrutadas, admiradas y utilizadas en plenitud, pero no para que adquieran una importancia tal que se transformen en cadenas para amarrarnos.

Si dejamos en libertad a todos y todo lo que nos rodea, encontraremos a cambio que somos más ricos en amor y posesiones de lo que nunca hemos sido, porque el amor que proporciona libertad es el amor que más estrechamente une.


Fuente:
Extracto del libro “Libérense a Ustedes mismos” de Edward Bach

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